La web donde estás leyendo esto no existía ayer en la mañana.
No es una plantilla comprada ni una de esas plataformas en las que arrastras bloques para lograr el diseño que quieres. Es un sitio hecho a medida, bilingüe, con mi identidad visual y un blog propio. El trabajo activo de construcción tomó alrededor de media hora. El resto de la noche fue revisar, decidir y conectar el dominio.
Te cuento cómo, porque el proceso importa más que el resultado: muestra cómo está cambiando la manera en la que hacemos las cosas en las empresas.
El stack, y por qué cada pieza
Si alguna palabra no te suena, tiene un link al glosario: se abre en otra pestaña y sigues leyendo.
Astro genera el sitio. Es un framework que convierte archivos de texto plano (markdown) en páginas estáticas. Lo elegí por una razón que no es técnica: mis artículos ya viven en formato markdown, en mi sistema de notas. Publicar aquí es mover un archivo y hacer un clic. Sin panel de administración, sin base de datos, sin plugins que actualizar.
Vercel lo muestra al mundo. Plan gratuito, HTTPS automático, CDN global. Para un sitio personal, sobra.
Namecheap para comprar el dominio. El único costo real de todo el proyecto: 12 dólares al año.
Claude hizo el trabajo. Y aquí está la parte interesante.
Cómo se construyó de verdad
Yo no escribí el código. Definí las decisiones: qué estructura quería (una página, sobre mí, contacto, blog), los textos (cada palabra pasó por mi revisión, varias veces), la identidad visual (la misma paleta y tipografías de mis carruseles de LinkedIn), y las reglas (bilingüe, sin página de servicios, sin una frecuencia obligatoria para publicar).
La IA ejecutó: generó el sitio, lo revisó visualmente en desktop y celular con capturas de pantalla, encontró sus propios errores de maquetación y los corrigió antes de mostrármelo. Cuando el resultado llegó a mí, ya había pasado un control de calidad que yo no tuve que hacer.
La parte que me sigue pareciendo ciencia ficción
Conectar un dominio requiere entrar al panel del registrador, borrar registros DNS viejos y crear los nuevos. Es el tipo de tarea que a alguien de TI le toma 20 minutos. A los mortales como nosotros, más: hay que buscar las instrucciones o un video que nos enseñe cómo hacerlo.
Esta vez le dije a la IA: hazlo tú, toma el control de mi navegador.
Y lo hizo. Abrió el panel de Namecheap en mi Chrome, borró los registros predeterminados con los que viene cada dominio, creó los correctos, fue al panel de Vercel y configuró las redirecciones. Yo miraba la pantalla mientras pasaba.
Dos detalles que importan más que el espectáculo:
Uno: las contraseñas las escribí yo. La IA se detuvo en la página de login y me pidió entrar. Nunca las ve, nunca las toca. Es una norma que le coloqué por seguridad.
Dos: la IA también se equivocó, y lo que la salvó fue verificar. Claude configuró un registro al revés (el dominio principal apuntando al www, en vez de al contrario). Se detectó porque después de cada cambio la IA revisaba el trabajo que había hecho, no el mensaje de éxito. Es la misma regla que aplico a cualquier automatización: se auditan los resultados, no los reportes.
Lo que esto significa si diriges un negocio
Hace dos años, esta web era un proyecto de varias semanas: un desarrollador, un diseñador, idas y vueltas. Hoy fue una noche, y la mayor parte del tiempo se fue en lo que sí me corresponde: decidir qué decir y cómo.
La IA no reemplazó el criterio. Lo dejó como el único trabajo en el que las personas que dirigimos empresas no podemos delegar. La estructura, la voz, las reglas de qué se publica y qué no: eso sigue siendo humano. La ejecución se trasladó casi por completo a la IA.
Si llevas meses posponiendo “la web” (o cualquier proyecto parecido) porque sientes que te va a tomar mucho tiempo, abre una sesión con Claude, cuéntale tu idea y empieza a construir. Te aseguro que va a tomarte mucho menos tiempo del que piensas.